sábado, 25 de marzo de 2017

21. LA GRECIA CLÁSICA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA GRECIA CLASICA



Erre.– Alguien había puesto en duda el genio de Platolhork. Algún envidioso, seguramente, que deseaba ocupar su lugar como gran filósofo de Atenas; sin embargo, el sabio no se preocupaba en lo más mínimo de semejante problema: estaba más pendiente de leer las aventuras que había escrito Solhork en el nº 48 de “Weird Tales of Lhork” acerca de sus andanzas entre los egipcios, y las posibilidades que se abrían ante sus maravillados ojos. Aquella historia sobre la Atlántida... Bueno, quizás se le pudiera sacar un buen jugo.
            Arislhorkteles se presentó ante él, fumando en pipa como era su costumbre y abrazado de un hermoso mancebo.
            –¡Por Apolhork, que no entenderé nunca cómo te pueden interesar esas tonterías sobre continentes hundidos! –se burló cruelmente.
            –Qué quieres que te diga, resulta interesante... –admitió el aludido, observando fijamente a su alumno–. Podría ser un material interesante para hablar sobre mi teoría filosófica acerca del mundo de las ideas y su relación evidente y contrastada con las sombras de una caverna llena de cangrejos y la coyuntura económica por la que está pasando el Pelhorkponeso en estos críticos instantes en que la magnífica sombra del Círculo de Lhork se cierne sobre el mundo como un águila.
            –Bah, déjate de paparruchas –le advirtió Arislhorkteles con un gesto displicente–. En tu vida has sabido lo que era una idea, y no va a ser ahora cuando lo descubras. Acabo de volver de un viaje por Itaca, y me he encontrado a nuestro viejo amigo Homero recopilando información sobre alguien llamado Ulises, o algo por el estilo, un gran explorador que llegó hasta vete a saber dónde.
            –Ah, sí, el que vendió a Julio Canal el yate por un puñado de ilusiones –aceptó el filósofo con gesto sonriente–. ¿No fue también el que descubrió el genio que se dedica a hablar a larga distancia, y que no se calla ni debajo del agua?
            –El mismo, maestro –afirmó el discípulo–. Lo siento, no le soporto, es más pesado que una vaca en brazos. Desde que se corrió la voz de que había dado la vuelta al mundo, Ulises se convirtió en una figura legendaria y Homero está más insoportable que nunca, asegura que deberían hacerle un monumento.
            –Ya. ¿Y qué hay de la... limpieza que hizo al volver a su isla?
            –Infundios injustificados, maestro. En realidad, se limitó a arrojar al mar a todos aquellos que le habían robado las revistas de Lhork; ni siquiera de su mujer, Penélhorkpe, de la que se dice que era una gran beldad, debía estar realmente enamorado.
            –Bueno, vale –admitió Platolhork–. Pasemos a cosas más importantes. ¿Cómo va la redacción del último número del fanzine?
            –Regular –se lamentó Arislhorkteles encogiéndose de hombros–. Ya hemos preparado una nueva entrega de las aventuras de Hércules, liándose a mamporros con el Guerrero Salvaje de Escitia, y tenemos en preparación un artículo sobre la figura del pegaso en relación con la mitología pagana.
            –¿Y qué hay de las habladurías acerca de Lhorkcrates? –inquirió el gran filósofo.
            –Anda desaparecido... Se rumorea que está de vacaciones en el Caribe, aunque nadie lo sabe con exactitud.
            –¿Y Cicelhork?
            –¡Huy, ése! –Arislhorkteles se echó a reír–. Cualquiera le echa un galgo. Lo que sí me he enterado por las revistas del corazón es que Mirolhork, ya sabes, aquél que hizo una ridícula estatua a la que llamó el Discóbolhork, se ha liado con la poetisa Safo de Lesbos.
            –Eso no son más que habladurías vanas –aseguró Platolhork–. Safo es demasiado... masculina como para liarse con alguien como Mirolhork. ¿En qué revista has encontrado esa falsedad? ¿En “Diez Siclos”?
            –No, en “Bibliuras”. Parece que les han hecho unas fotos muy escandalosas en las islas Jónicas, en cueros y en acción.
            –Ah, bueno, si es así... La verdad es que no me esperaba semejante cosa. Francamente, hubiera pensado que Safo tenía mejores gustos y que hubiera preferido liarse, por ejemplo, con Elektra, Yocasta, Ifigenia...
            –Hablando de Yocasta... –le cortó Arislhorkteles sin contemplaciones–, ¿te has enterado del problema que tiene con su hijo?
            –¿Quién, Edipo? –se burló Platolhork–. Ése tiene problemas hasta para saber quién es él mismo. ¿Qué tripa se le ha roto ahora?
            –Simplemente, que anda como una moto, completamente colgado, diciendo que está enamorado de su madre y que quiere tener un hijo de ella.
            –Cómo está el patio... –suspiró el gran filósofo–. Bueno, y de deportes, ¿qué me cuentas?
            –Poca cosa, maestro. El Esparta Fútbol Club venció al Real Argos por tres a cero, y en las Olhorkpíadas, ganó un tal Jenolhorkte, por correr ni se sabe cuántos kilómetros de una tacada.
            “Ah, se me olvidaba: los cretenses y su manía por los toros... En la última corrida, un tal Teseo consiguió el máximo honor: las dos orejas, el rabo, y la cabeza del animal, uno al que habían puesto de nombre “Milhorktauro”.
            –¿No hay más novedades?
            –Ninguna más, maestro.
            –Entonces, puedes retirarte. Ya has aprendido tu lección de hoy.
            Durante un momento, Arislhorkteles se quedó helado, mirando fijamente a Platolhork con sorpresa.
            –¡¿Lección?! –exclamó–. ¡¿Qué lección?!
        –El arte de saber espiar, y de cómo conseguir información de todo tipo, incluidos cotilleos varios, sin moverte de tu sillón –explicó pacientemente el maestro con expresión triunfal–. O, lo que es lo mismo, cuéntame todo lo que sepas, y yo me encargaré de asimilarlo y crear nuevas teorías filosóficas acerca de la vida y del hombre en relación a todo ello.
          “Para que te hagas una idea, aquello de que el hombre es un bípedo implume se me ocurrió después de contemplar, en el estadio de Atenas, a una paloma lanzando sus heces cual flechas sobre la calva de un espectador, que gruñó como una fiera y llamó al pobre bicho de todo. Me puse a pensar, y descubrí que, realmente, el ser humano camina sobre dos piernas y, evidentemente, no tiene plumas, aunque algunos no parecen cumplir esa regla.
         Tras aquella sorprendente explicación, que tenía su sentido tomándola desde una base puramente metafísica, y bufando como un semental furioso, Arislhorkteles agarró al mancebo con el que había llegado, y que se entretenía en comerse las uvas que el gran filósofo tenía ante él, y lo arrastró fuera de la casa, refunfuñando por lo bajo acerca de lecciones y otras zarandajas. “Por Lhork”, gruñó. “que algún día este cretino habrá de pagármela con creces”.

Jose Francisco Sastre García


Nota de la redacción: Esto ya es rizar el rizo. Vean el e–mail con el que nos ha hecho llegar este artículo, y lloren.
            “Tras cuatro días de espera en el dichoso aeropuerto por culpa de los puñeteros pilhorktos, que se han confabulado con el Círculo para impedir que pueda cumplir mi sagrada misión de informar acerca de las páginas ocultas de la Historia, me he visto obligado a prescindir de entregar este valioso documento en mano, con el riesgo que conlleva de perderse, ser robado o modificado a gusto del consumidor, y enviarlo a la redacción mediante el rudimentario sistema de Internet. Para ello, me ha tocado hacerle un puente a la batería del avión, y colocar a su lado una mesa camilla donde colocar la CPU, el monitor y un par de antenas de cuerno orientadas hacia el Círculo. Como módem, he utilizado una tarjeta de crédito (que, por cierto, las comisiones me han salido por un ojo de la cara), y he necesitado diez intentos para conseguir establecer comunicación. Después de esto, por Crom que los pilhorktos de avión tendrán que vérselas conmigo, ¡por Crom, Mitra y Asura! Camarero, otra botella de LhorkRioja a la misma dirección electrónica”.
            Sin comentarios.


sábado, 18 de marzo de 2017

20.- LA INQUISICIÓN

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA INQUISICION



Erre.- Lhorkemada estaba realmente furioso; no conseguía que el prisionero que tenían encarcelado confesara su crimen, su horrible crimen; y sus verdugos se mostraban impotentes para sonsacarle la verdad: ni los hierros al rojo, ni el potro, ni la dama de hierro, ni la gota de agua... No había habido manera de que el hermético condenado hablara.
            Se había recurrido a extremos aún mayores; se le había amenazado con quemar a su familia en la hoguera, pero ni por esas el pobre cardenal había conseguido una confesión.
            -Desde luego, hay que ver la poca consideración que tiene la gente de hoy en día hacia los demás –murmuraba frecuentemente-. Uno está cumpliendo con su trabajo lo mejor que puede, y ¿qué hacen los demás? ¿Colaboran? ¡Qué va! Desagradecidos...
            Había adquirido la sana costumbre de hablar solo (para que hablar con los demás, si no se molestaban en contestarte), y le había dado por comprarse un loro que llevaba a todas horas al hombro, al que le contaba sus cuitas.
            Desesperado a causa de aquel prisionero tan recalcitrante, decidió recurrir a nuevos métodos de tortura, enviando embajadores al imperio Chino para informarse de sus técnicas.
            -¡Vamos, habla! ¡Confiesa! –gruñían los torturadores una y otra vez, pero el hombre no se dignaba abrir la boca, se limitaba a gemir de dolor y a agitar la cabeza negativamente-. Venga, sé buen chico –le animaban-. ¿No ves que a nosotros nos duele tanto como a ti? ¿No comprendes lo que sufrimos cuando te vemos penar de esa manera?
            Aun así, los pobres hombres no habían sido capaces de arrancarle una palabra al infortunado reo. Los cargos contra él eran muy graves, le había acusado un noble de muy alto rango (se hablaba incluso de que había sido el propio rey), debido a lo que había hecho con su hija. En condiciones normales, habría sido ajusticiado al momento, quemado en la hoguera como un simple pincho moruno, pero el cardenal Lhorkemada no quería dejar escapar una ocasión como aquélla.
            -¡Tiene que hablar! ¡Tiene que hablar! –gritaba a los carceleros.
            Desde luego, había que reconocer que el condenado tenía cuajo: ni siquiera las amenazas más feroces, como la de hacerle escuchar durante 24 horas seguidas la música gregoriana, conseguían que abriera la boca y confesara abiertamente. El cardenal estaba, por una parte, emocionado y admirado del hombre, de su estoicismo, y por otra sumamente cabreado: tras tantos procesos de brujería, tras tantas confesiones recabadas a base de torturas y sobornos, tras tantos éxitos en su carrera de inquisidor, que le habían dado una inmejorable fama de ser un auténtico azote de los herejes, infieles y paganos, llegaba aquel tipo y se cargaba su gloria de un plumazo. Pues no: no estaba dispuesto a admitirlo, no señor.
            -Mira, si confiesas, haremos lo posible por dejarte libre –le aseguró un día en el colmo de la desesperación-. Mira, desde que hiciste lo que hiciste a la princesa, no ha vuelto a levantar cabeza: no para de pedir más y más, y la gente ya chismorrea más de la cuenta. Sabemos que fuiste tú, tenemos testigos del hecho, pero necesitamos una confesión firmada.
            El condenado le miraba con resignación, con un brillo de fatalismo en sus ojos; parecía comprenderle, entender su actitud, pero se negaba en redondo a hablar.
            -¡Qué hables, cuernos! –se indignaba a menudo el cardenal Lhorkemada, para, a continuación, ponerse a llorar amargamente delante del prisionero-. Pero, ¿qué te he hecho yo para merecer esto? ¿Es que quieres arruinar mi reputación? ¿Qué es lo que quieres a cambio de tu confesión? ¿Tierras, riqueza, mujeres? ¿Por qué no te comportas como un buen chico, y nos cuentas todo lo qué sabes? ¿No harás eso por mí, por tu querido amigo Lhorkemada? Pide por esa boca, y lo tendrás en cuanto me digas dónde has escondido los números de “Weird Tales of Lhork” que enseñaste a la princesa, y con los que se volvió tan loca de contento. Vamos, habla, dime algo.
            Pero siguió sin abrir la boca.
            Así pasaron los días, los meses, los años. El misterioso prisionero, llagado, herido y ultrajado de mil maneras posibles, pasó a convertirse en una leyenda de la época: El hombre de los fanzines de Lhork. Unos especularon con que se trataba de un noble caído en desgracia, otros que era un pobretón muerto de hambre que había tenido la desgraciada mala suerte de encontrarse varios números de la legendaria revista creada por San Lhork de Arenjun, de la que sólo se hablaba en susurros por haber sido declarada hereje y sacrílega (en realidad, esto había sucedido porque había ciertos estamentos que veían muy mal que el pueblo llano se entretuviera leyendo en lugar de dedicarse a otros placeres más terrenales por los que se les pudiera castigar con el infierno); el caso es que la leyenda fue creciendo, y el populacho cada vez gritaba más alto, en demanda del conocimiento de la personalidad del misterioso prisionero.
            Un buen día, el cardenal tuvo una súbita inspiración. Le acometió un miedo cerval, un pánico irresistible al darse cuenta de algo fundamental para su investigación. Atravesó corriendo la ciudad, en pijama y zapatillas, pues tal iluminación le había sobrevenido cuando se despertaba, y no había tenido tiempo siquiera de vestirse, y entró a saco en la prisión, voceando como un loco y exigiendo ver al reo.
            Cuando estuvo frente a él, ordenó a uno de sus torturadores que le aplicara los hierros por enésima vez, en un gesto rutinario que se le había quedado pegado. Los alaridos y el olor a carne quemada inundaron el estrecho ambiente de la mazmorra, aunque el hombre siguió sin soltar prenda. A continuación, el cardenal ordenó a sus hombres que abrieran la boca del hombre.
            Durante unos instantes, se quedó paralizado, el cuerpo temblando, los ojos desorbitados, la mandíbula colgándole a la altura del esternón. Después, en un alarido de frustración, amargura y resentimiento, alzó los brazos al cielo y, clamando a Nuestro Señor, salió de la celda en medio de fuertes voces y lamentos, quejándose de lo ingrato que llegaba a resultar aquel trabajo que Dios le había dado, y de que había perdido una estupenda oportunidad para conseguir los números que le faltaban de la dichosa revista de Lhork.
            Los torturadores, no demasiado sorprendidos ante tal actitud (no en vano llevaban muchos años al servicio del cardenal), se miraron entre sí y se tocaron significativamente las sienes, expresando un sentir general que corría de boca en boca por toda la prisión. Miraron curiosamente al prisionero, con la boca abierta todavía, y se echaron a reír.
            ¡El hombre no tenía lengua! ¡Se la habían arrancado al principio de las sesiones de tortura! ¡Era mudo, no podía hablar!
Jose Francisco Sastre García



Nota de la redacción: en fin, qué le vamos a hacer. No hay manera de deshacernos de él. El señor Sastre, nuestro ex-articulista, es como el desodorante Rexona, que no nos abandona.
            Hemos decidido decretar una tregua, y solicitar una reunión con el interfecto para ver si podemos conseguir de alguna manera que deje de perseguirnos por todas partes. Su locura maníaco-depresiva, con ribetes esquizoides y comportamientos claramente paranoicos y conspiranoicos, está haciendo que nos contagiemos poco a poco y que terminemos con un estado de nervios tal que necesitamos Valium 100 para poder acudir todos los días al trabajo, temblando ante la posibilidad de que durante la noche se haya infiltrado en la redacción y haya vuelto a hacer de las suyas.
     Cuando llegó a la reunión, casi nos echamos a reír: iba en cueros, excepto por un taparrabos de lo que parecía piel de rata, y unas sandalias de corte griego, de las que se atan al tobillo mediante tiras de cuero. Nos exigió que le readmitiésemos y que confesáramos nuestro plan de dominio del mundo, ese supuesto contubernio lhorkiano que se había empeñado en desvelar ante el mundo. Como tal cosa, como ustedes saben, no existe, le ofrecimos su antiguo puesto con la única condición de que se dedicara a hacer punto de crucetilla y nos dejara en paz; su respuesta fue un rugido de rabia y retirarse de la reunión amenazándonos con volver.

sábado, 25 de febrero de 2017

19. EL RENACIMIENTO

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

EL RENACIMIENTO



Erre.- Desde que la Gioconda había abandonado a Lhorknardo Da Vinci, éste se había visto compungido y lamentoso cual perro gimoteante. Entre ellos había habido algo más que una simple relación de pintor y modelo, algo que era bien sabido por la sociedad de la época.
            Y ahora, el pobre Lhorknardo andaba como alma en pena, sin preocuparse de sus inventos ni de sus  descubrimientos, pensando qué era lo que había hecho mal, por qué aquella cruel mujer, o mejor dicho, aquella cruel reinona, le había abandonado tras obsequiarle tantos años con su enigmática sonrisa. El último día, tras una violenta discusión, había estado a punto de romper su retrato, aunque, movida quien sabe por qué misterioso instinto, le dijo a su ex innamorato unas extrañas palabras: “Esto te lo dejo: más adelante, la gente sabrá de mi belleza y se enamorará perdidamente de mí”. Lhorknardo no sabía a qué se refería, ni le importaba un comino; lo único que quería era la Monna Lisa se quedara junto a él, pero, al final, había huido al Tíbet con un apuesto y joven lama, del que había confesado haberse enamorado tiempo antes.
            Lo que más le dolía aquellos días era que la fuga se había producido llevándose uno de los inventos del genio: una bicicleta de dos plazas, algo que Lhorknardo había bautizado con un palabro muy raro, algo así como “tándem”.
            Había demostrado ser una buscona, pero el apenado inventor seguía queriéndola con locura. Apenas comía, ni salía a la calle a hacer footing o pasear al perro, y mucho menos a tomar copas con los amigos, quienes trataban de consolarle y animarle, aunque sin el más mínimo éxito. El hombre, desconsolado, había escrito incluso a alguno de aquellos programas que por aquel entonces hacían furor, dedicados a desfacer entuertos amorosos entre personas peleadas. Pero ni aún así pudo conseguir que el amor de su vida volviera a él: en el programa le habían dado largas, diciéndole que era normal, que un vejestorio como él, y además más pendiente de la cultura y del arte que de mantener el amor con la mujer a la que deseaba, no podía ser rival digno para un estulto joven, guapo, con un lamasterio de su propiedad en el Tíbet y, además, muy versado en temas filosóficos y religiosos, siempre envuelto en mantras, tulpas, y otros palabras mucho menos entendibles.
            Al final, Lhorknardo se mosqueó lo suficiente como para tomarse a pecho lo de llevar los cuernos con dignidad: estaba dispuesto a quitarse como fuera unos apéndices que le obligaban a agacharse cada vez que quería pasar por las puertas, y cansado de que, en la calle, todo el mundo le señalara y se riera de él. Hasta el propio duque Sforza, cansado de sus dislates (pues había llegado a extremos tan inconcebibles como ridículos, y ya no se acordaba si se vestía o no, o llegaba a increpar a cualquiera por un quítame allá esas pajas. Menos mal que el genio no llevaba armas, pues, de lo contrario, la Humanidad habría tenido un montón de inventos menos y una boca menos que alimentar), le advirtió que aquella situación no podía durar más: El lloroso anciano, compungido, en un lamentable estado, no daba pie con bolo, y cada vez que presentaba a su mecenas un invento, éste se disparataba cual artefacto gnomo: si era un globo aerostático, se pinchaba y llevaba a las pobres víctimas del experimento a un viaje alrededor del mundo, con final vaya usted a saber dónde; si era un cañón, reventaba en las narices del usuario; si un teléfono, la comunicación se cortaba una y mil veces; si una televisión, la señal no llegaba lo suficientemente clara y, encima, cogía los canales marcianos en lugar de los italianos.
            Así que Lhorknardo recibió un ultimátum: debía volver a la normalidad, o atenerse a las consecuencias. El duque le había presentado en varias ocasiones a varias de sus amigas, hermosas damas que hubieran hecho las delicias de cualquier caballero de aquella época, pero el genio no tenía ojos más que para aquélla que le había abandonado.
            Finalmente, optó por llevar a cabo el mayor de sus inventos: un aparato volador que imitaba a los pájaros, esto es, que volaba a tracción animal, mediante la agitación ininterrumpida de sus alas merced a los brazos del usuario.
            Lo probó varias veces, con grave riesgo para su integridad física, pero no conseguía que funcionara en condiciones: primero fueron rasguños por todo el cuerpo, después una brecha en la cabeza, a lo que siguió un brazo roto y aun un par de costillas hundidas.
            Pero no se amilanó el inventor: descubrió que lo que le faltaba a su invento era un impulso horizontal lo suficientemente fuerte como para mantener el aparato flotando, así que se dedicó a pensar concienzudamente hasta descubrir el motor de combustión.
            Una vez conseguido su gran invento, el avión, se dedicó a perfeccionarlo con pequeños detalles, mientras su mente, maquiavélica, comenzaba a darle vueltas a un mefistofélico plan.
            Cuando todo estuvo ultimado, puso su aparato en marcha y viajó hasta el Tíbet, hasta la lamasería en la que tenían su nidito de amor la Gioconda y el lama. Apenas la tuvo a la vista, comenzó a abrasarla a base de misiles, cohetes y fuego de ametralladora pesada, dejando caer en varias pasadas tremendas bombas de nápalm que arrasaron el edificio de una esquina a otra. Y cuentan las crónicas que mientras hacía todo aquello, se le podía oír gritar como un energúmeno cosas como: “¡Toma esto, pendón verbenero! ¡Te vas a enterar, santo de tres al cuarto! ¡Sal si te atreves, pendón desorejado!”
Al final, el lama respondió a sus gritos y salió del lamasterio con un bazooka entre las manos, que apuntó cuidadosamente y disparó, consiguiendo un pleno que le valió el grito de la Monna Lisa de “¡Strike!”. Aún así, Lhorknardo se mantuvo en el aire, hecho que ocasionó la inmediata intervención del colérico dios Yama, quien, cansado de ver las vejaciones a que estaba sometiendo el inventor a su hijo bienamado, le arreó un papirotazo que le arrojó del cielo dando más vueltas que una peonza.
Entre gritos de rabia y dolor (Se cuenta que se le oyó una expresión que decía algo así como “¡Esto es un infienno! ¡No siento las piennas!”), Lhorknardo cayó a tierra, quedando hecho unos zorros. Del aparato aéreo no quedaron ni las varillas, y el lama, en lugar de rematarlo, lo acogió como santo varón y le cuidó hasta que sanó de todas sus heridas.
            Lhorknardo se enterneció ante tal actitud, pues, procedente de una tierra en la que se practicaba el ojo por ojo y el pragmatismo estaba a la orden del día, y decidió quedarse en la lamasería y rezar junto a su amada y su amigo.
            Algún tiempo después, las habladurías corrieron de boca en boca: se rumoreaban cosas sobre un ménage a trois entre tres hombres, sobre que aquello no podía funcionar, sobre que el lama y Lhorknardo habían vuelto a enzarzarse en nuevas peleas a causa de los rezos, que el genio quería modificar a su antojo... Mas la realidad era que los tres tortolitos estaban perfectamente avenidos, y que el inventor había conseguido, gracias a sus inventos, que el lama consiguiera ascender en el escalafón a la categoría de Dalai Lama.
Jose Francisco Sastre García


Nota de la redacción: una vez más, de nuevo con ustedes para comentarles la última crónica de cierto personaje que se llama llamar periodista, articulista y otros títulos de los que no ha oído hablar en su vida.
            Creíamos haber encontrado la solución para acabar con todos nuestros problemas: la redacción, al completo, había sido minada de esquina a esquina, con aparatos de gran potencia, sin dejar el más mínimo resquicio. El plano que indicaba la posición de las minas era único y lo guardaba el presi en la caja fuerte bajo siete llaves.
            Sin embargo, hace un par de noches, el vigilante que tenemos contratado (Pobre hombre, lo que tiene que sufrir con estos acosos por parte del Sr. Sastre), escuchó una extraña voz que provenía de la sala principal de la redacción. Al asomarse, vio un espectáculo asombroso: nuestro antiguo articulista, con un papel en la mano derecha y una botella en la mano izquierda, se tambaleaba entre las minas antipersona, cantando a voz en grito “¡Un pasito p’alante, un pasito p’atrás!”, mientras seguía el ritmo que marcaba entre las minas. Al parecer, el papel que miraba tan frecuentemente, y que dudamos seriamente que lo pudiera ver con claridad debido a la tajada que nos dijo el vigilante que llevaba encima, era un plano de la colocación de las minas. Había llegado ya junto a un ordenador, y se había sentado a escribir el artículo que han tenido ocasión de leer con anterioridad. Cómo había podido conseguir el plano, es algo que no conseguimos explicarnos, a no ser que tengamos un topo en la redacción.
            El guardia de seguridad, al ver la situación, optó por no hacer nada: sin un plano del minado, era muy arriesgado introducirse en la sala principal de la redacción sin volar en el intento. Así que le dejó ir cuando terminó. Antes de salir por la puerta principal, se volvió hacia nuestro empleado y se despidió de él con una voz tan gangosa que apenas pudo entenderle.

            ¡Estamos hartos! ¡Queremos su cabeza en una pica! ¡Queremos que se le crucifique en el desierto!

domingo, 19 de febrero de 2017

18. LA ÉPOCA VICTORIANA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA EPOCA VICTORIANA



Erre.- Andaba Lhork Byron preocupado por aquellos aciagos días, pues había perdido un valioso anillo que una buena amiga le había dejado en prenda. Era en verdad valioso, mas no tanto por su aspecto, más bien anodino y carente de valor material, como por las circunstancias en que lo había recibido. En un alarde de derroche, había contratado los servicios del mejor detective del mundo, el señor Sherlhork Holmes, y su inseparable ayudante, el doctor Watson, pero éstos le habían confesado que estaban tan peces en el asunto como él. No estaban seguros de si se trataría de un robo, pero, desde luego, míster Holmes había afirmado con rotundidad que si ése era el caso, el culpable era, sin lugar a dudas, el vil canalla, aquel tipo rastrero y villano llamado Lhorkiarty.
            Desde que le habían negado el ascenso a miembro del consejo del Círculo, aquel tipo, del que se comentaba que era la mayor eminencia en astronomía y matemáticas aplicadas del mundo, se había puesto tan rabioso que no escatimaba medios para vengarse de tamaña afrenta.
            Desde que el insigne poeta, loco de pena, había dado publicidad a su desdicha, todo Lhorkndres se había volcado en buscar el dichoso anillo, al que, por un extraño capricho, alguien dio en bautizar como el anillo de los filhorksofos, y por tal se le conocía desde entonces. Incluso la propia reina dio en promover la búsqueda, estipulando una recompensa de diez mil, sí, diez mil libras, para el afortunado que localizase el dichoso artefacto.
            Pasaban los días, y después los meses. Y un año después, aún no había aparecido el anillo. Sherlhork Holmes estaba a punto de rendirse, a pesar de las valerosas palabras de ánimo que su compañero, el doctor Watson, le dirigía cada mañana al levantarse. Ni una pista, ni el más mínimo rastro, a pesar de haber recurrido al recurso extremo de concertar una cita con Lhorkiarty y suplicarle, por el amor de Crom y del Círculo, que devolviera el anillo. Pero el perverso villano se le había reído en la cara, y le había asegurado que tal objeto no obraba en su poder. Holmes estaba seguro de que mentía, pero no podía probarlo, así que una noche, seguido por el fiel Watson, se introdujo en el hogar del archicriminal y revolvió toda la casa, con el consiguiente alboroto de los criados y la salida de ambos héroes a patadas por la puerta principal.
            El asunto trascendió a un nivel aún mayor, al internacional, y todas las potencias mundiales enviaron telegramas de condolencia al atribulado poeta, Lhork Byron, quien se entretenía componiendo, en sus ratos libres, historias morbosas, caprichosas, como “El Retrato de Dorian Gray”, del que se decía le había sido inspirado por alguno de sus amigos más allegados: Percy Shelley, Mary Shelley, o incluso el doctor Polidori, un personaje de lo más extraño.
            El revuelo había sido impresionante: todo el mundo andaba revuelto con el asunto del dichoso anillo, por lo que el Círculo decidió tomar cartas personalmente en el asunto, enviando a sus más sagaces sabuesos tras la pista del maldito objeto.
            El rastro parecía múltiple: el profesor Sartorius terminó buscándolo en las lejanas selvas africanas, entre tambores y licor de banana; años más tarde, alguien lo encontró perdido en medio de la jungla, y le preguntó aquello de “El profesor Sartorius, supongo”.
            JoJavi QueNoVe terminó en medio de las estepas rusas, trasegando vodka como un auténtico cosaco; y esta vez, no sólo no llegó a encontrar el anillo, sino que hizo auténtico honor a su nombre: realmente, no era capaz de ver por dónde andaba.
            El general Trueno de Thule, acompañado por su mujer y sus leales amigos, rastreó una huella fresca hasta Groenlandia, donde, aún hoy en día, sigue buscando infructuosamente, mientras la pelma de la Sigrid le importuna insistiendo que deben volver a su casa a cuidar de los niños y a cerrar la llave del gas, que dejaron abierta por descuido. Y no tanto por el riesgo de explosión, sino por el importe de la factura que se les avecinaba.
            El Venerable Ninja Mululu se dedicó a buscar por el lejano Oriente, entre el Tíbet, Mongolia y China, exacerbando hasta tal punto los nervios de aquellas gentes que, un buen día, perdió toda comunicación con el Círculo; sus ropajes oscuros dejaron de ser vistos por los salones de la organización fanzinerosa, y se rumoreó que había encontrado un paraíso en algún lugar de las montañas, aunque otras fuentes afirmaron que, simplemente, los orientales se cansaron de él y le ataron una rueda de molino al cuello, arrojándole acto seguido al Pacífico.
            Javierix viajó hasta las Galias, en busca de un anciano druida del que confiaba recibiera una respuesta concreta al asunto del anillo; en concreto, el resultado de su visita fue una gran barrica llena de LhorkRioja que le tentó sobremanera; hasta tal punto, que, finalmente, con un “¡Gracias, San Lhork!”, se tiró en plancha a su interior. Un rato más tarde, le sacaron convertido en un beodo impresentable.
            Lhork Skywalker y Han Solhork terminaron en medio del Amazonas, haciendo proselitismo en medio de los jíbaros, y preguntándoles si sabían algo sobre el asunto que le llevaba hasta aquellos lares; pero los indígenas no sólo no supieron darles razón del anillo sino que, molestos por aquellos estúpidos extranjeros que osaban importunarles con aquellas tonterías, y que amenazaban con acabar con su ecosistema con aquellas paparruchas de espadas láser, armas ultrasofisticadas y demás, decidieron que si la princesa Lila quería saber algo de ellos, tendría que preguntárselo a sus reducidas cabezas, en medio de la selva.
            Mientras tanto, Lhork Byron, en Lhorkndres, metió un día la mano en el bolsillo de una de sus chaquetas, que tenía guardada hacía un par de meses, y descubrió, con sorpresa y un poco de estupor, que el dichoso anillo estaba allí, olvidado desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Le dio vergüenza desvelarlo, y no era para menos: cuando se supo la terrible verdad, el mundo montó en cólera, y dio la espalda al poeta, obligándole a cambiar de acera. En general, la gente optó por hacerle el vacío, tras una semana de insultos, broncas, y algún que otro golpe. Sin embargo, los miembros del Círculo, encabezados por el ilustre señor Holmes, le corrieron a guarrazos por toda la ciudad. Y hasta el día de hoy, sigue corriendo, temeroso de pararse y descubrir, detrás suyo, a alguien que le puede atizar con cualquier objeto contundente a mano.
            Tras este incidente, el señor Byron no ha vuelto a levantar cabeza, y ruega a San Lhork para que, algún día, se acaben sus carreras y la gente deje de llamarle, jocosamente, el Judío Errante. Pero parece que los miembros del Círculo no están por la labor, y que, pese a todo, deberá seguir corriendo hasta el fin de los tiempos, perseguido por una caterva de energúmenos que no le dejan a sol ni a sombra.
            La última noticia del señor Byron es que andaba por las llanuras americanas, tratando de camuflarse entre los últimos cíbolos de Bufalhork Bill, de Caballo Lhorko, y del resto de los miembros del Círculo residentes en aquellos salvajes parajes.

Jose Francisco Sastre García



Nota de la redacción: Una vez más, nuestro antiguo articulista, el Sr. Sastre, nos ha ganado por la mano. Cuando ya creíamos que le teníamos atrapado, se nos ha escapado de entre los dedos como una escurridiza anguila.
            Hace un par de noches, nuestro vigilante jurado lo descubrió aporreando frenéticamente el teclado de un ordenador, escribiendo estas líneas. Junto a él, una botella de LhorkRioja y, cosa extraña, el número 32 de “Weird Tales of Lhork”. Dio un respingo al saberse descubierto, y se enfrentó valientemente a nuestro asalariado, con gesto decidido y la botella en la mano. Al parecer, le ofreció un trago, pero el vigilante, incorruptible, se negó a ello y le arrebató la botella; ante tal afrenta, se enzarzaron en una violenta pelea, de resultas de la cual el Sr. Sastre terminó con un ojo morado y un hilillo de sangre en la comisura de la boca, mientras que nuestro hombre, avezado en técnicas de lucha y supervivencia, apenas tuvo rasguño alguno.
     Lo maniató para evitar que escapara, pero no sabemos exactamente qué ocurrió después: no ha sabido darnos ninguna respuesta clara. Cuando llegamos por la mañana, las cuerdas estaban roídas y el vigilante, con la botella vacía a su lado, reposaba plácidamente tirado en el suelo con una tajada de campeonato. Al parecer, y por lo que nos es dado suponer, no pudo evitar la tentación del LhorkRioja, a pesar que le habíamos advertido que pegaba más que el licor de banana o la coz de un rinoceronte, trajinándose lo que el Sr. Sastre hubiera dejado de la botella antes de ser descubierto. En fin, como de costumbre y para no variar, nuestro antiguo articulista ha vuelto a desaparecer, y no hay manera de encontrarle. Si alguien lo ve... bueno, mejor que salga corriendo, por si acaso.

sábado, 4 de febrero de 2017

LEONARDO DA VINCI

LEONARDO DA VINCI
EL GENIO DEL RENACIMIENTO

José Francisco Sastre García


Ha hecho correr ríos de tinta, su figura se ha convertido en poco menos que legendaria… Curiosamente, no fue un conquistador como Alejandro, César, Napoleón o Cortés, ni tampoco un gobernante como Akhenaton, Felipe II o Carlomagno… Ni siquiera un aventurero en pos de fama y gloria.
No, el personaje con el que nos encontramos en esta ocasión se encuadra más bien en el apartado de las ciencias y el arte, es una de esas rara avis que de vez en cuando surgen a lo largo de la historia de la humanidad, y que nos sorprenden con sus conocimientos y logros. Se entronca en la línea de personajes como Imhotep, el sabio divinizado de los tiempos de Djoser, Pitágoras, el eminente matemático-filósofo…
Como no podía ser de otra manera, hablamos de Leonardo da Vinci, una figura que pasa por los siglos XV-XVI como un torrente de ingenio y sabiduría tras el que se ocultarían, además, unas corrientes de sombras y luces esotéricas, simbológicas, que lo impulsan más allá de los logros que consiguió…

El Personaje

            Leonardo di ser Piero da Vinci nace el 15 de abril de 1452 en el castillo de Vinci, cerca de Florencia. Según las palabras que han llegado a nosotros de su abuelo, su llegada al mundo se produjo “en la tercera hora de la noche”, lo que traducido a lenguaje actual se refiere a que nació tres horas después del Ave María, o sea, alrededor de las diez y media de la noche.
            Aunque todo el mundo lo conocemos como Leonardo, ésta es en realidad la forma castellanizada: nacido en Italia, en su hoja de bautizo consta como Lionardo. Era hijo ilegítimo, su padre era Messer Piero Fruosino di Antonio, un notario, canciller y embajador de la República de Florencia, que al parecer debió dejar embarazada a una joven de familia campesina llamada Caterina, de la que se piensa que pudo haber sido probablemente una esclava oriental, y a la que casó con su jardinero, Accatabriggi di Piero del Vacca, para legalizar la situación.
            En torno a su nacimiento se menciona un presagio acerca de que cuando estaba en la cuna un milano descendió del cielo y le tocó en la cara con su cola. Su abuelo dice de él, durante los primeros años, que lo suyo no era otra cosa que extravagancia e incluso maleficio, ya que su madre, enferma, no podía amamantarlo y se le daba la leche de una cabra de Montalbano, a cuya propietaria acusarían de bruja…
            Vivió durante sus primeros cinco años en la casa de su madre, donde se le trató como si fuera un hijo legítimo. No le faltaron madrinas y padrinos: cinco de cada, todos ellos habitantes del pueblo. Aprendió a leer y escribir, y se le inculcaron conocimientos de aritmética, aunque hay algunos detalles que indican que en esta primera etapa de su vida hubo muchas lagunas en su enseñanza: no aprendió latín, que era la base de la educación tradicional; el hecho de que tuviese una ortografía un tanto caótica refuerza la idea de que su aprendizaje por entonces fue limitado, desde luego en ningún caso a nivel universitario.
            Transcurrido este tiempo, en 1457 la madre de Leonardo se casó con un campesino de la localidad, Antonio di Piero Buti del Vacca da Vinci, que le dio cinco hijos. En ese momento fue trasladado a la casa de la familia de su padre, que por entonces se había casado con una joven de 16 años descendiente de una rica familia de Florencia, Albiera degli Amadori. Esta muchacha volcó todo su afecto en el niño, pero sería por poco tiempo: siete años después, en 1464, debido a complicaciones en un parto, moriría.
            A pesar de que era considerado plenamente desde su nacimiento como hijo de su padre, al pequeño siempre se le negó el reconocimiento formal como hijo legítimo: su padre se casaría hasta cuatro veces, dándole diez hermanos y dos hermanas, todos ellos legítimos, lo que lo postergaba una y otra vez… De todo este ir y venir de madrastras en la familia, la que más cerca estuvo de él, y que se evidencia en una nota donde se dirige a ella como “querida y dulce madre”, y con la que le debió unir una relación mucho más estrecha, debió ser la última esposa de su padre, Lucrezia Guglielmo Cortigiani.
            Su iniciación en las artes debió proceder probablemente de su abuela paterna, Lucia di ser Piero di Zoso, una buena ceramista. Su principal biógrafo, Giorgio Vasari, para ilustrar el talento que el chico tenía por entonces, cuenta que en una ocasión un campesino local solicitó a ser Piero que Leonardo le pintara una imagen sobre una placa, a lo que el muchacho respondió con un dibujo de un dragón escupiendo fuego, tan bien realizada que ser Piero decidió vendérsela a un mercader de arte florentino, quien a su vez la revendió al duque de Milán. Con el beneficio obtenido por la transacción, ser Piero compró una placa con un corazón atravesado por una flecha, que entregó al campesino.
            Al parecer dibujaba animales mitológicos de su propia invención: Vasari relata cómo en una ocasión creó un escudo de Medusa con dragones tan realista y terrorífico que su padre, al encontrárselo sin saber de qué se trataba, quedó atemorizado.
            A Leonardo le encantaba la naturaleza, la observaba con gran curiosidad e interés, en busca de lo que podía aportar a sus inquietudes; se dedicaba a dibujar caricaturas y, posiblemente debido al hecho de ser zurdo, practicaba la escritura especular (de derecha a izquierda y con los caracteres invertidos para que sólo pudieran leerse con el uso de un espejo) usando el dialecto toscano.
            Para ilustrar los primeros pasos de la carrera del gran genio, volveremos de nuevo a Vasari, del que tomaremos otra anécdota: “un día, ser Piero tomó algunos de sus dibujos y se los mostró a su amigo Andrea del Verrocchio y le pidió insistentemente que le dijera si Leonardo se podría dedicar al arte del dibujo y si podría conseguir algo en esta materia. Andrea se sorprendió mucho de los extraordinarios dones de Leonardo y le recomendó a ser Piero que le dejara escoger este oficio, de manera que ser Piero resolvió que Leonardo entraría a trabajar en el taller de Andrea. Leonardo no se hizo rogar; y, no contento con ejercer este oficio, realizó todo lo que se relacionaba con el arte del dibujo”. Así fue como en 1469, con 17 años, el gran Verrocchio acogería como aprendiz a Leonardo en uno de sus talleres de arte más prestigiosos, bajo su propio magisterio, quien le enseñaría gran cantidad de técnicas  y artes, dándole una excelente formación multidisciplinaria que lo acercó a artistas de la talla de Sandro Botticelli, Perugino o Domenico Ghirlandaio.
            No era de extrañar que Verrocchio enseñara tantas cosas al futuro genio: era un artista de renombre, muy ecléctico, con una sólida formación de orfebre y herrero y, al mismo tiempo, pintor, escultor y fundidor, que trabajó fundamentalmente para el poderoso Lorenzo de Medici; los principales encargos a los que atendió fueron retablos y estatuas conmemorativas para las iglesias, aunque sus mayores obras fueron frescos para las capillas, como las que creó Ghirlandaio para la capilla Tornabuoni, y esculturas de gran tamaño, de estilo ecuestre, como la que creó Donatello, Erasmo de Narni, o el Bartolomeo Colleoni del propio Verrocchio…
            Sin embargo, no fue éste el único maestro de Leonardo: cerca de su taller había otro, abierto por Antonio Pollaiuolo, con el que también trabajaría.
            Transcurriría todo un año, que debió parecer en cierto modo tedioso al joven, mientras se dedicaba a limpiar pinceles y pequeñas actividades en las que no podía demostrar apenas su talento, trabajando como un mero aprendiz, hasta que Verrocchio decidió iniciar a Leonardo en las técnicas del arte. De esta manera, da Vinci entraría en el mundo de la química, la metalurgia, el cuero y el yeso, la mecánica, la carpintería… Al mismo tiempo, era adiestrado en multitud de técnicas artísticas, como el dibujo, la pintura, la escultura sobre mármol y bronce, la preparación de los colores, el grabado, la pintura de los frescos… No tardaría el maestro en darse cuenta del inmenso potencial del que disponía su alumno, por lo que le confió el acabado de algunos de sus trabajos.
            Ni siquiera las ciencias escaparon a su intenso escrutinio: estudió el cálculo algorítmico, y demostró sus conocimientos citando a los abaquistas florentinos más relevantes de la época, Paolo dal Pozzo Toscanelli y Leonardo Chernionese. Más adelante, mencionaría una importante obra impresa en Venecia en 1484, la Nobel Opera de Arithmética, de Piero Borgi, en la que se refleja a la perfección el saber de las dos escuelas citadas de abaquistas.
            De esta época de aprendizaje no disponemos de ninguna obra propia de Leonardo: según Vasari, se limitó a colaborar en una pintura llamada Bautismo de Cristo, aunque la leyenda tejida en torno al genio habla de que Verrocchio, al sentirse superado ampliamente por su propio aprendiz, decidió abandonar la terminación de la obra, que recogería Leonardo y le daría su toque magistral bajo la forma de un pequeño ángel presente en la pintura.
            Siguiendo con la leyenda, se dice que, de acuerdo con la tradición de que era el aprendiz quien debía posar, Leonardo habría sido el modelo para el David de Verrocchio, una estatua en bronce, del mismo modo que en la obra Tobías y el Ángel, el futuro genio aparece como el arcángel Rafael…
            Su trabajo como artista independiente surge aproximadamente a partir de 1472. Con 20 años aparece registrado en el Libro Rojo del Gremio de San Lucas, una asociación de artistas y doctores en medicina, que en Florencia adquiría la denominación de “Campagnia de Pittori”. Por esta época pinta uno de sus primeros trabajos, el Paisaje del Valle del Arno o Paisaje de Santa María della Neve (datado en 1473), un dibujo hecho con pluma y tinta. De esta época son otras obras destacables, entre las que se cuenta La Anunciación. Con la práctica y el estudio de las técnicas aprendidas consiguió mejorar la técnica del sfumato[1], hasta el punto de que se le atribuye su invención.
            Parece ser que nunca olvidó al que fue su gran maestro: a pesar de que en 1476 tenía su propio taller con la ayuda de su padre, sigue apareciendo como ayudante de Verrocchio, colaborando con él. De esta época, 1476, es su primer cuadro, La Virgen del Clavel. También en esta época surgieron los primeros problemas, que posteriormente fueron usados para postular imágenes de Leonardo de las que no tenemos certeza alguna de que pudieran ser verídicas: el archivo judicial de ese año recoge una denuncia anónima contra él y otros tres hombres más como practicantes de sodomía, una práctica que en Florencia era ilegal y duramente penada, pero al final todos fueron absueltos; de esta acusación surgió la idea de que da Vinci fuera homosexual, pero es una cuestión que, como ya hemos dicho, no puede ser asegurada categóricamente.
            Se separaría definitivamente de su maestro en 1478, cuando ya quedó claro que lo había superado por completo en todas las disciplinas; con 26 años, inquieto como era, empezó también a demostrar sus dotes en el área de las ciencias, concretamente como ingeniero: se ofreció para levantar la iglesia octogonal de San Juan de Florencia. Su independencia total y completa se estrenaba por fin.
            En 1481 recibió el encargo de un cuadro por parte del Monasterio de San Donato: Leonardo crearía La Adoración de los Magos, pero nunca llegó a acabarlo; se piensa que pudo haber sido a causa de su orgullo, al no haber sido elegido por el Papa Sixto IV para decorar la Capilla Sixtina, tarea para la que había una fuerte competencia entre diversos pintores, entre los que se contaba Miguel Ángel.
            Se planteó entonces marchar a Milán; por entonces, era más abierta, académica y pragmática que Florencia, donde se había instalado la moda del neoplatonismo; su espíritu, inspirado en la idea del desarrollo empírico de todos los experimentos que realizaba, se mostraba más en consonancia con el ambiente que se respiraba en la ciudad del Norte.
            La siguiente tarea se la encargó la Confraternidad de la Inmaculada Concepción, entre 1483 y 1486, para los que el genio florentino pintó La Virgen de las Rocas. Esta obra se exhibiría en la capilla de San Francesco el Grande de Milán, generando una tremenda controversia: durante varios años litigaron el autor y los propietarios, hasta que por fin Leonardo obtuvo el derecho de poder copiar la obra, aunque esta sentencia le reportó nuevos problemas legales; de resultas de todo esto, hubieron de intervenir algunos amigos, hasta que las resoluciones judiciales acabaron con la disputa: al final, Leonardo creó otras dos versiones de la obra.
            Mientras tanto, en Florencia el trabajo de Da Vinci no pasaba desapercibido: tras su creación de una lira de plata en forma de cabeza de caballo de una impresionante calidad, la pieza cayó en manos de Lorenzo de Médici, quien al contemplar aquella maravilla decidió el destino milanés del florentino: lo envió como emisario florentino, junto con su obra, para que se pusiera bajo la égida del por entonces duque de Milán y mecenas, Ludovico Sforza, una maniobra no sólo a nivel artístico sino también político, buscando un acercamiento al que era un importante rival. Junto a él, al parecer llegó también el músico Atalante Migliorotti.
            Leonardo llevaba una carta del mecenas florentino para el duque, en la que se ensalzaban sus virtudes: hablaba mucho y bien de sus habilidades en ingeniería, le informaba de que además era pintor (la carta se encuentra en el Codici Atlantico).
            A partir de aquel momento, la principal ocupación del genio fue la de ingeniero, apareciendo en la lista de los ingenieros de Sforza; cuando fue enviado a Pavía el 21 de junio de 1493, portaba el título de “ingeniarius ducalis”.
            Recibiría diversos encargos por parte del duque, quien le otorgaría el rimbombante título de “Apeles florentino”, un reconocimiento que sólo se concedía a los grandes pintores. Así, según reza en algunos documentos, se dedicaría a “organizar fiestas y espectáculos con decoraciones suntuosas” en el palacio, inventando tramoyas que dejaban al público maravillado, tal y como debió suceder en la boda de Ludovico Sforza con Beatriz de Este, o en la de Ana Sforza con Alfonso I de Este. Asimismo, se dedicó también a pintar varios retratos de la corte milanesa, un fuerte contacto con los personajes más ilustrados de la ciudad que le permitieron darse cuenta de que en su formación quedaban lagunas pendientes que había de rellenar…
            Sus aptitudes se desarrollaban notablemente: aplicaba a la perfección los conocimientos adquiridos, incluso en mecánica, creando innovadores sistemas de palancas que multiplicaban la fuerza humana… Incluso llegó a ejercitarse en la ejecución y fabricación de laúdes…
            Entre otras cosas, se ocupó del estudio para la creación de la cúpula de la Catedral de Milán, así como de la realización de una versión en arcilla para el molde de una estatua ecuestre de Francisco I Sforza, el padre de Ludovico. Dicha estatua, conocida como “Il Cavallo”, iba a ser toda una proeza escultórica, pues estaba previsto que se fabricara con setenta toneladas de bronce, pero permaneció inacabada durante varios años por un motivo más que justificado: para cuando Leonardo hubo acabado su versión en arcilla, y ya tenía diseñados los planes para el complejo proceso de fundición, Carlos VIII de Francia decidió invadir la ciudad, lo que obligó a los defensores a emplear el bronce en la fabricación de cañones.
            Con el tema de la cúpula de la Catedral de Milán hubo de participar, allá por 1490, en una reunión de los gremios de arquitectos e ingenieros en la que se debatieron cuestiones acerca del acabado de la obra; allí conocería a un ingeniero, Francesco di Giorgio Martini, que le recomendaría acudir a Parma y hablar sobre los aspectos que les tenían preocupados con Giovanni Antonio Amadeo y Luca Fancelli. Durante esta época había creado una academia con su nombre, en la que se dedicó a enseñar sus vastos conocimientos mientras proseguía con sus investigaciones, que anotaba en pequeños tratados.
            La mente de Leonardo no descansaba ni un minuto: al tiempo que se dedicaba a estas tareas, se enfrascaba también en algunos proyectos técnicos y militares: entre otras cosas, mejoró los relojes, el telar, las grúas y una gran multitud de herramientas.
            También se dedicó a estudiar la cuestión urbanística, proponiendo planos de ciudades ideales, interesándose por la disposición hidráulica: en un documento fechado en 1498 se le cita como ingeniero y encargado de los trabajos en ríos y canales…
            Se sospecha que una lista detallada de gastos relativos a un funeral, redactada en 1495, pueda ser el indicativo de la muerte de su madre Caterina.
            En su etapa 1494-1498 se le encargó, por el convento dominico de Santa Maria delle Grazie, una de las que serán sus mejores obras, La Última Cena. Por estos mismos años aparecería en Milán uno de los que serían una de las mayores amistades de Da Vinci, Luca Pacioli, para quien realizó las tablas que se grabarían en su obra La Divina Proportione.
            Ya en 1498, su ocupación consistió en la construcción del techo del castillo de los Sforza.
            En 1499, la situación política daría un vuelco radical: Luis XII de Francia conquistó el Ducado de Milán, obligando a Ludovico Sforza a huir a Alemania con su sobrino Maximiliano I. El 6 de octubre, la ciudad caía en manos del rey francés, que reivindicó sus derechos a la sucesión de los Visconti.
            La desagradable sorpresa de Leonardo fue encontrarse, una mañana, con que los soldados franceses estaban practicando ejercicios de tiro… con su modelo de arcilla del caballo de la estatua ecuestre de Francisco Sforza. La destrozaron por completo.
            Por su parte, Luis XII, eclipsado por el arte de La Última Cena, comenzó a ponderar la posibilidad de cortar el muro para llevársela a Francia, igual que lo pensaría siglos más tarde Napoleón.
            Da Vinci se encontraba así bajo el servicio del conde de Ligny, Luis de Luxemburgo, que le pidió que preparase una relación acerca de las defensas militares con que contaba la Toscana. El 14 de diciembre cobraría por tal tarea 600 florines, que depositó en el Hospital de Santa Maria Nuova de Florencia, que actuaba por entonces como el equivalente de un banco.
            Pero la inestabilidad no cesaba: Ludovico Sforza volvió de nuevo, obligándolo a modificar todos sus planes, lo que le hizo huir de Milán junto a su asistente Salai y su amigo el matemático Pacioli.
            En marzo de 1499 lo encontramos en Venecia, trabajando en las protecciones de la ciudad como arquitecto e ingeniero; los turcos andaban por entonces en plena escalada expansionista, y existía la posibilidad de que pudieran lanzar un ataque naval sobre la ciudad, por lo que se dedicó a elaborar sistemas de defensa: una de sus propuestas fue la invención de un precursor de la escafandra submarina, dotada con un casco rudimentario; puesto que el ataque nunca se llevó a cabo, el invento no llegó a ser utilizado jamás.
            A finales de abril, su espíritu inquieto lo llevó de nuevo a Florencia donde, tras efectuar un estudio concienzudo sobre los cursos de agua en el Friuli, sugirió montar un sistema de esclusas para elevar el curso del río Isonzo, inundando de aquella manera toda una región cercana a Venecia.
            De nuevo saldría de Florencia, para dirigirse a Mantua, donde residió en compañía de su amigo Pacioli. Allí, su obra más notoria fue un retrato que pintó de Isabel de Este.
            Una vez más, la ciudad de los canales se convertiría en su residencia, allá por abril de 1500. Al parecer, sus investigaciones y estudios lo tenían tan absorbido que la pintura y la escultura parecían quedar relegados a un segundo plano; de ello da fe una carta del 4 de abril de 1501, en la que Pierre de Nuvola responde a la Duquesa de Mantua diciéndole de Leonardo que “sus estudios matemáticos lo han alejado de la pintura”.
            Ese mismo año, en el convento de la Santissima Annunziata se le da la aprobación para realizar un boceto inicial de lo que sería el cuadro La Virgen y el Niño con Santa Ana y San Juan Bautista; esta obra despertó una enorme admiración, hasta el punto de que los comentarios vienen a ser que “hombres y mujeres, jóvenes y viejos acudían a observarla como si estuvieran participando en un gran festival”.
            También estuvo brevemente en Roma, en Tívoli, en la Villa Adriana; e incluso trabajó en un encargo del Secretario de Estado de Luis XII de Francia, Florimond Robertet, el cuadro La Virgen de los Husos.
            En 1502, en pleno auge de la familia Borgia, fue solicitado por César, hijo del Papa Alejandro VI y Duque de Valentinois, concediéndosele el título de capitán e ingeniero real. Su tarea de inspección de las fortalezas y los territorios recientemente conquistados lo mantuvo en las Marcas y la Emilia-Romaña, de donde obtuvo información suficiente como para llenar sus cuadernos de múltiples observaciones, cartas, bocetos de posibles proyectos y copias de obras que había consultado en las bibliotecas de las ciudades que visitaba. Durante esta temporada se reencontraría con Nicolás Maquiavelo, a la sazón “espía” de Florencia al servicio de la poderosa familia que copaba los puestos más altos de la cúpula veneciana, por no decir de toda Italia.
            Incluso los turcos se interesaban por las capacidades del genio: al sultán Beyazid II de Estambul le interesaba comunicar de una manera más eficaz las dos partes de la ciudad, situadas a ambos lados del Cuerno de Oro, por lo que pidió a Leonardo un proyecto, a lo que éste respondió con un puente de 240 metros que salvaba el estuario: el otomano abandonó el proyecto al considerar que la construcción sería imposible.
            Todos estos vaivenes políticos y militares no convenían en lo más mínimo a un espíritu inquieto como el de Da Vinci, que no tardó en moverse de nuevo: el 18 de octubre de 1503 regresaría a Florencia, ejerciendo una vez más funciones de arquitecto e ingeniero hidráulico. De nuevo se inscribiría en el gremio de San Luc, dedicando dos largos años, desde 1503 hasta 1505, a la preparación de una de sus obras más grandes: una pintura mural de siete por diecisiete metros, La Batalla de Anghiari. Durante el tiempo que duró esta obra, en la pared opuesta se desenvolvía Miguel Ángel con La Batalla de Cascina… Desgraciadamente, de ambas obras sólo hay referencias, ya que se han perdido: en el caso de Miguel Ángel se encontró una copia de Aristotole de Sangallo de 1542, y en el del florentino disponemos de croquis y bocetos que nos permiten imaginar cómo habría de ser, junto con varias copias de la sección central; una de las que más destaca es la de Rubens.
            Al parecer, el fuego que se utilizó para secar la obra más rápidamente contribuyó a su alteración, aunque también se habla de la calidad del material usado; en cualquier caso, fue recubierta posteriormente por un fresco de Giorgio Vasari…
            Leonardo se había convertido en un experto, en una celebridad, lo que hacía que se le consultase a menudo acerca de cuestiones de todo tipo, como fueron el estudio de la estabilidad del campanario de San Miniato al Monte, o el momento de la elección del emplazamiento del David de Miguel Ángel: a este respecto, entre ambos parece que debió haber algún tipo de roce, ya que hasta en detalles como éstos discrepaban…
            En este momento crítico fue cuando presentó ante Florencia una ambiciosa obra: un proyecto para desviar el río Arno mediante el que pretendía, por una parte, controlar las inundaciones que se producían periódicamente, y por otra crear una vía navegable que conectara a la ciudad con el mar.
            En 1504 regresaría de nuevo a Milán, que se encontraba bajo el dominio de Maximiliano Sforza gracias a sus mercenarios suizos; por aquella época, concretamente el 9 de julio, moriría su padre: debido a su ilegitimidad, Da Vinci sería apartado de la herencia, aunque la situación se arregló un poco más tarde, cuando su tío hizo de él su heredero universal.
            Se dedicó al estudio de la anatomía, y se puso a la tarea de intentar organizar sus multitudinarias notas. Por esta época es cuando comienza a trabajar en su cuadro más famoso, La Gioconda o La Monna Lisa, retrato que se atribuye habitualmente a Lisa Gherardini, cuyo nombre de casada era Monna Lisa del Giocondo, aunque a este respecto se han sugerido otras interpretaciones de las que no hay garantía alguna; aunque tampoco la hay a ciencia cierta de que se tratara de la citada mujer…
            Al respecto de esta obra, hay que decir que desde el mismo momento en que fue creada, se convirtió en una pintura famosa, que hizo y ha hecho correr ríos de tinta en torno a ella; de hecho, es el retrato que más literatura ha generado a lo largo de toda la historia del arte… En su famosa sonrisa se han pretendido ver todo tipo de caracteres e intenciones:

  • Hay quien ha visto la crueldad de la sonrisa despiadada, la mujer que esclaviza al hombre y lo convierte en una marioneta a su antojo.
  • La idea general es que expresa un enorme encanto, una dulzura inclasificable: no es la invitación abierta, directa, pero tampoco una negación a priori…
  • Walter Pater ha pretendido ver en ella un símbolo, el “espíritu moderno con todos sus rasgos patógenos” (¿?).

Sin embargo, el propio Leonardo, en sus anotaciones, nos da una clave para entender la sonrisa plasmada en el lienzo: citando a Vasari, nos encontramos con que “Monalisa era muy bella y Leonardo, mientras pintaba, procuraba que siempre hubiese alguien cantando, tocando algún instrumento o bromeando. De esta manera, la modelo se mantenía de buen humor y no adoptaba un aspecto triste, fatigado…”. Sin duda alguna fue su obra favorita, hasta el punto que jamás se desprendió de ella, quién sabe si por amor a la modelo, por el excelente resultado estético conseguido, o por algún otro motivo…
En 1505, sus inquietudes lo llevan a estudiar el vuelo de los pájaros; de resultas de sus investigaciones, surgirá su Códice sobre el Vuelo de los Pájaros. A partir de este momento se intensificarán todas las labores científicas de observación, experiencia y reconstrucción.
En 1506 partió a ver al gobernador francés de Milán, Carles d’Amboise, una visita permitida por el gobierno de Florencia, que resultaría en un nuevo problema: aquél no quiso soltarlo, lo que motivó fuertes protestas por parte de los italianos, que no consiguieron nada. Da Vinci se veía así en medio de una fuerte disputa entre franceses y toscanos, presionado por el tribunal para que, junto con su alumno Ambroglio de Predis acabara La Virgen de las Rocas, mientras se hallaba trabajando todavía en La Batalla de Anghiari
Como ya hemos dicho anteriormente, su tío Francesco lo declaró heredero universal; esto sucedía en 1507, y los hermanos del genio, que seguían viéndolo como un advenedizo ilegítimo, comenzaron un proceso para modificar el testamento. Leonardo se veía de nuevo en la tesitura de ser apartado de una herencia a la que tenía derecho, por lo que apeló a d’Amboise y Robertet para que intervinieran a su favor.
Durante 1508 vivió con el escultor Giovanni Francesco Rustica en casa de Piero di Braccio Martelli, en Florencia, pero una vez más abrió las alas y partió de nuevo hacia Milán, donde residiría en la Porta Orientale, en la parroquia de Santa Babila.
Luis XII, mientras tanto, entraba en Milán en mayo de 1509, y comenzó a poner sus ojos en Venecia; a causa de la movilización del ejército, Leonardo seguiría al rey en calidad de ingeniero militar; asistió a la batalla de Agnadel.
Charles D’Amboise moriría en 1511, y un año más tarde, tras la batalla de Rávena, los franceses decidieron que no les compensaba seguir con la conquista, por lo que se retiraron del territorio italiano. Durante este tiempo Da Vinci no dejó sus investigaciones, penetrando más profundamente que nunca en la ciencia pura: la aparición de una obra de Giorgio Valla, De Expedientis te Fugiendis Rebus, lo marcaría notablemente…
Aún le quedaban al genio florentino viajes que efectuar: en septiembre de 1513 aterrizó en Roma, donde se dedicó a trabajar para el Papa León X, miembro de la familia Medicis. Por entonces, quienes triunfaban en el Vaticano eran Rafael y Miguel Ángel…
Puesto que también estaba en un enorme auge Sangallo, a Leonardo no se le hicieron más que encargos modestos; al parecer, ni siquiera llegó a participar en la construcción de las numerosas fortalezas romanas, ni en el embellecimiento de la capital; su pintura pasó más desapercibida de lo que era habitual, por lo que se refugió en su otra especialidad, esto es, la hidráulica, desarrollando un proyecto de secado de las Lagunas Pontinas, que pertenecían al Duque Juliano II de Medicis.
Así las cosas, consiguió una pequeña “compensación” en 1514, al realizar la serie de los Diluvios, una respuesta en la medida que le fue permitido a la magna obra que Miguel Ángel había desarrollado en la bóveda de la Capilla Sixtina.
Acerca de esta etapa en Roma, ante las decepciones que una y otra vez se sucedían, Da Vinci escribiría: “Los Médici me han creado, los Médici me han destruido”. Para justificar el que no se le dieran encargos importantes, se habla de que era inestable, de fácil desánimo y con una marcada dificultad para finalizar lo que había empezado…
Los litigios con los franceses estaban lejos de terminar: en septiembre de 1515, el nuevo rey galo, Francisco I, tras volver sus ojos de nuevo sobre Italia, conquistó Milán tras la batalla de Marignan. En noviembre, Leonardo diseñó un ambicioso proyecto acerca de la disposición del barrio de los Médici en Florencia; más tarde, el 19 de diciembre, se le invitó a la reunión que mantuvieron en Bolonia Francisco I y el Papa León X, de resultas de lo cual le fue encargado por el monarca francés la fabricación de un león mecánico que pudiera andar y que, al mismo tiempo, se le abriera el pecho para enseñar la flor de lis. No está claro cuál fue la ocasión para que se pensó utilizar este sofisticado aparato, aunque se sospecha que pudo haber sido para la llegada del rey a Lyon o, incluso, para las conversaciones de paz entre el monarca y el Papa.
El espíritu aventurero llevó a Da Vinci en 1516 a Francia, viajando con su ayudante, el pintor Francesco Melzi, y posiblemente también con Salai; Francisco I, impresionado por el genio del florentino, se había convertido en su nuevo mecenas, por lo que los instaló en la casa que fue su hogar de la infancia, el castillo de Clos-Lucé, en las cercanías del castillo de Amboise. Se le concedió el título de “primer pintor, primer ingeniero y primer arquitecto del rey”, recibiendo una pensión de 10.000 escudos. Al contrario que en Italia, donde estaban más interesados en la ingeniería, los franceses preferían la pintura.
La concesión de Clos-Lucé es interpretada por algunos historiadores como una carta blanca a Leonardo para que hiciera lo que quisiera, un honor que no había sido el primero en recibir; previamente, Andrea Solario y Giovanni Giocondo habían disfrutado de tal prez.
La relación entre Francisco I y el florentino fue especial: el monarca estaba maravillado con Da Vinci hasta el punto de que solía ir a visitarlo discretamente a menudo, merced a un paso subterráneo que unía este castillo con el de Amboise…
Uno de los proyectos que desarrolló en Francia fue el palacio real de Romorantia, una construcción que pretendía ser una pequeña ciudad para la madre de Francisco I, Luisa de Saboya; con tal objeto, se previó el desvío de un río que le proporcionara todo el agua necesaria y al mismo tiempo fertilizase la campiña vecina para hacer el lugar prácticamente autárquico.
En 1518, con el nacimiento y bautizo del Delfín, participó en las celebraciones, al tiempo que era invitado también en las bodas de Lorenzo de Medici con una sobrina del monarca francés; ese mismo año, Salai abandonaría definitivamente a su maestro y regresaría a Milán, donde en 1524, concretamente el 19 de enero, moriría en un duelo.
No tardaría mucho Leonardo en caer enfermo: tras varios meses luchando, redacta su testamento ante un notario de Amboise el 23 de abril de 1519, y solicita un sacerdote para confesarse y recibir el sacramento de la extremaunción. Moriría unos días después, el 2 de mayo, en Cloux, cuando contaba con 67 años.
Según la tradición, su muerte se produjo en los brazos de Francisco I, pero se piensa que esta idea, basada en un epígrafe de Vasari, no es correcta, y que dicho texto no ha sido adecuadamente interpretado. La traducción de dicho texto viene a ser la siguiente: “Leonardo de Vinci, ¿qué más se puede decir? Su genio divino y su mano divina le merecieron expirar sobre el pecho de un rey. La virtud y la fortuna velan, premio a los grandes gastos, en este monumento que le corresponde”. Al parecer jamás se trasladó a monumento alguno, sino que se quedó en la obra de Vasari; contiene la expresión “sinu regio”, que puede tener un significado literal (sobre el pecho de un rey) o metafórico (en el afecto de un rey), indicando quizás tan sólo el fallecimiento del florentino en un castillo real; para confirmar esta posibilidad, los historiadores se atienen al hecho de que Francisco I, en el diario que llevaba, no tenía marcado viaje alguno desde marzo hasta julio; por otra parte, Melzi, que heredó los libros y pinceles de Da Vinci y fue depositario de su testamento, escribió una carta al hermano de Leonardo en el que le contaba la muerte del genio sin mencionar la circunstancia que se ha dado por buena durante todo este tiempo…
La última voluntad del florentino fue seguida a rajatabla: sesenta mendigos siguieron su séquito, que llegó hasta la capilla de Saint-Hubert, en el recinto del castillo de Amboise, donde fue enterrado. Sin embargo, más tarde, cuando las guerras de religión recorrieron la convulsa Francia, los hugonotes no pudieron contenerse ante la tumba de un genio que ante ellos aparecía como patrimonio de la aristocracia y unos pocos iniciados, por lo que la saquearon. Así, surge la duda de dónde está realmente enterrado…
Leonardo no se casó nunca ni tuvo hijos, lo que ha hecho que más de un investigador se haya preguntado si no fue homosexual, pero hemos de tener en cuenta que, a tenor de su biografía, vivió por y para sus investigaciones y obras, lo que evidentemente le dejaba poco tiempo para dedicaciones más mundanas…
Todo el conjunto de sus obras se lo dejó a Melzi, su discípulo preferido, para que las publicara como lo considerara conveniente, cosa que no hizo: lo mantuvo todo a buen recaudo, sin vender absolutamente nada, dedicándose tan sólo a administrar su herencia durante los cincuenta años posteriores a la muerte de su maestro.
Los viñedos de Da Vinci se dividieron entre otro alumno muy apreciado, Gian Giacomo Caprotti da Oreno (más conocido como Salai), y su sirviente Battista di Vilussis. El terreno fue legado a los hermanos de Leonardo y su sirvienta recibió “un bonito abrigo negro”.
La muerte del genio florentino supuso un serio varapalo al interés de la historia y la ciencia: debido a la dispersión y pérdida de la ingente obra que había generado, de los alrededor de cincuenta mil documentos originales que había escrito y codificado, sólo se han podido recuperar unos trece mil, siendo considerados todos y cada uno de ellos, independientemente que se tratara de manuscritos, croquis, dibujos, o notas, auténticas obras de arte… La mayor parte de esta documentación se halla conservada en el archivo de la Ciudad del Vaticano, aunque algunas de sus obras podemos contemplarlas en lugares como el Castillo de Windsor, el Museo del Louvre, la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Ambrosiana de Milán, el Victoria and Albert Museun y la British Library de Londres… Y en manos privadas: Bill Gates compró en 1994, por la fastuosa cantidad de 30.802.500 dólares, en Christie’s, Nueva York, el Codex Leicester o Codex Hammer.
No cabe duda de que nos encontramos ante un personaje que hizo bastante más que marcar una época, que fue capaz de trascender el conocimiento de su tiempo y llevarlo más allá. Si bien en Roma no fue tan apreciado, probablemente porque por entonces en la capital italiana se concentraban una gran parte de las mentes más preclaras de la filosofía, las artes y las ciencias europeas, no deja de ser relevante que allá por donde pasó dejó una notoria huella… Como muestra, acabaremos con las palabras de Francisco I a Benvenuto Cellini, veinte años después de la muerte de Da Vinci: “Nunca ha habido otro hombre nacido en el mundo que supiera tanto como Leonardo, no tanto en pintura, escultura y arquitectura, sino en filosofía”.

Obra:
Pintura
La Anunciación (1472-1475)
Ginebra de Benci (1474-1476)
La Virgen del Clavel (1478-1480)
Madonna Benois (1478-1482)
La Dama del Armiño (1480)
San Jerónimo (1480)
La Adoración de los Magos (1481)
La Virgen de las Rocas (1483-1486, 1492-1508)
La Última Cena (1495-1498)
Santa Ana, la Virgen, el Niño y San Juanito (1499-1500)
La Gioconda (1503-1506)
San Juan Bautista (1508-1513)
La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana (1510)
Leda y el Cisne (1510-1515)
Dibujos
En primer lugar, podemos citar los croquis que realizó antes de crear sus obras más famosas.
Curioso como era, cada vez que se cruzaba con alguien en el que distinguiera un rostro que pudiera parecerle interesante, lo seguía para quedarse con sus rasgos y plasmarlos posteriormente en sus dibujos: así, conocemos muchas de estas “caricaturas”, y retratos como los de Salai o Bernardo di Bandino, uno de los asesinos de Juliano de Médici.
Paisaje del Valle del Arno (1473)
El Hombre de Vitruvio (1490)
El Jefe del Ángel
El Niño Jesús con Santa Ana y San Juan Bautista (1499-1500)

Inventos:
Las notas y diseños que han llegado hasta nosotros de los escritos de Da Vinci nos muestran a un genio muy avanzado a su época, hasta el punto de que muchos de los inventos que imaginó eran tan novedosos que no pudieron realizarse por la falta de recursos adecuados en aquel tiempo. Algunos de ellos, en realidad, no son inventos propiamente suyos, sino adaptaciones de ideas que otros prohombres de la época ya habían tenido. Entre ellos, podemos citar prototipos de:
Helicóptero
Máquina voladora
Carro de combate
Submarino
Automóvil
Una máquina para medir el límite elástico de un cable
Bombas hidráulicas
Una máquina para mecanizar tornillos
Una máquina para pulir espejos
Aletas para obuses de mortero
Cañón a vapor
Autómatas
Flotadores para “caminar sobre el agua”
Concentración de la energía solar
Calculadora
Escafandra con casco
Casco doble para barcos
Rodamientos de bolas
Telar mecánico
Máquina de cardar
Máquina de “afeitar sábanas”
Paracaídas
Ala delta
Túnel de viento
Bicicleta, aunque en este caso no está demasiado claro que realmente fuese quien desarrolló el invento.
Una “viola organista”, un instrumento musical con una apariencia similar a la de un piano, que combina el teclado con el arco para cuerdas; juntando características de clavecín, órgano y viola de gamba, el resultado es que al pulsar las teclas suena como un violonchelo, un órgano e incluso un acordeón…

Estudios:
Sus estudios e investigaciones hicieron progresar notablemente las ciencias de la época, especialmente en lo tocante a las áreas que exponemos a continuación:
Anatomía
Ingeniería civil
Óptica
Hidráulica
Arquitectura
Botánica
Geología
Química

Consideraciones

  • En torno a la figura de Leonardo se han escrito muchas cosas, hasta el punto de surgir especulaciones acerca de teorías más o menos verosímiles, basadas en el esoterismo, las teorías conspiranoicas… En base a su actitud que podríamos definir como “antisistema”, ya que era enemigo del poder concentrado y su único anhelo era la adquisición de conocimiento, se ha llegado a ver en sus obras una simbología esotérica que estaría plasmando un conocimiento que para la época sería poco menos que herético, mostrando detalles acerca de la religión cristiana que turbarían notablemente a la Curia vaticana si hubiera llegado a sospechar hasta dónde podían llegar: así, La Cena Secreta, La Virgen de las Rocas, y otros cuadros del genio se analizan como representaciones de hechos como que Jesús pudo haberse casado con Magdalena, o que el Mesías esperado no era Jesús sino Juan el Bautista, etc. No les faltan argumentos a los investigadores que defienden estas tesis, pero nos encontramos en una situación habitual para este tipo de postulados: no hay una posibilidad real de contrastar hasta qué punto Leonardo pretendió mostrar esos detalles de corte herético, o que se tratara de meras licencias pictóricas sin significado alguno. También es cierto que suele decirse que nadie da puntadas sin hilo, o que cuando el río suena…
Como ejemplo de estas ideas, podemos hablar de los supuestos mensajes o señales ocultos que hay en La Gioconda (fundamentalmente el paisaje de fondo que se observa, sobre el que se han elaborado muchas teorías), La Última Cena (La inexpresividad de Jesús, la agrupación de los apóstoles, un nudo en el mantel, la falta del cáliz ante Jesús, un rostro feminizado que podría ser el de la Magdalena…), La Virgen de las Rocas (Presentación de San Juan Bautista junto a Jesús, un ángel señala al Bautista en lugar de al hijo de María…) o San Juan Bautista (La expresión del Bautista junto con su gesto señalando hacia arriba…).
  • Manteniéndonos en una línea muy similar a la expuesta en el punto anterior, diremos que también se han aventurado hipótesis bastante arriesgadas acerca de la filiación de Da Vinci: se ha pretendido ver en él a uno de los Grandes Maestres del Priorato de Sión, una organización secreta que procedería de los caballeros templarios que tan brutalmente fueron eliminados por haber alcanzado un enorme poder político y económico en detrimento del Papa y los reyes de su época, y que habría llegado hasta nuestros días… Desgraciadamente, esta idea no tiene fundamento alguno, ya que a pesar de las teorías que al respecto se han escrito y de los datos dados como buenos por escritores como Dan Brown, Lynn Picknett, Henry Lincoln, Michael Baigent o Richard Leigh, lo verdaderamente cierto es que la organización como tal nace en 1956 de la mano del francés Pierre Plantard, con una documentación falsificada con el objetivo de darse a sí mismo un origen noble y casi mítico…
Pero no acaba aquí la cosa: de Leonardo se han dicho muchas más cosas, como que pudo ser un masón, un iluminat, un rosacruz… ¿Qué puede haber de cierto tras todas estas ideas? Probablemente poco o nada, ya que  la actitud del genio florentino no parece encajar con nada de todo esto, si acaso con la del hereje que cree poco o nada en el poder terrenal o en el poder religioso… Pienso que, en el mejor de los casos, pudo haber sido un masón, más por su afinidad con la ingeniería y la arquitectura que por cualquier otro motivo; pero incluso esto me parece poco probable, porque al fin y al cabo, los masones no dejaron de ser maestros constructores, mientras que Leonardo era más bien diseñador…
  • También se ha dicho de él que era homosexual: el primero en sugerir la idea fue Giorgio Vasari, y después la retomó Sigmund Freud, quien elaboró una enrevesada teoría para explicar que en el origen estaba el amor reprimido hacia su madre, es decir, el complejo de Edipo. Pero aunque tal suposición pudiera ser cierta, ¿qué importancia podría tener? En el Renacimiento mucha, pues dicha práctica estaba severamente castigada; de hecho, ya hemos expuesto que fue acusado de sodomía junto con otras tres personas, y al final absuelto. ¿Qué indica esto? ¿Qué realmente no hubo nada de la denuncia anónima que se había efectuado? ¿O que hubo influencias para que el caso se cerrara de la forma que se hizo?
  • Las cuestiones en torno a su figura no han cesado de surgir: una de ellas es un polémico viaje a la montaña de Montserrat que unos dicen que hizo y otros que no. Al parecer, existe la teoría de que pasó por la montaña catalana entre 1481 y 1483, sin que hasta el momento se haya podido demostrar nada a favor ni en contra. José Luis Espejo es uno de los que apoyan esta teoría, ¿y en base a qué? A que en el cuadro de La Gioconda, en el paisaje trasero, ha visto una silueta que conoce bien, la de esa región, lo que le ha llevado a investigar y a encontrar, supuestamente, más datos que avalan su hipótesis. Y, por supuesto, para remachar la faena, la sonrisa de la Gioconda no sería otra cosa que la sonrisa de la Moreneta. Mi pregunta al respecto es sencilla: ¿tan característico es el paisaje de Montserrat que no hay ningún otro lugar en toda Europa que pueda parecérsele? ¿No podría existir la posibilidad de que Leonardo se hubiese inventado esas líneas y que, por casualidad, puedan guardar una cierta semejanza con el paisaje? Entre 1481 y 1483 andaba creando La Adoración de los Magos, su obra magna llegaría mucho más tarde… ¿Acaso pintó la escena giocondina de memoria? ¿O es que las fechas están trastocadas?
  • ¿Qué más podemos decir sobre Leonardo que pueda sorprendernos? Pues, por ejemplo, que hay algunos investigadores que lo han nombrado como el creador del célebre Manuscrito Voynich, el único texto del siglo XV que ha llegado hasta nuestros días sin descifrar. ¿En qué se basan? En algunos pequeños detalles del documento que parecen aludir a Lionardo (la forma original, italiana, a la que aludíamos al principio del artículo), en su escritura especular… olvidándose que la datación del libro lo sitúa en la primera mitad del siglo XV, mientras que Da Vinci nace en 1452. Tuvo que ser alguien realmente excepcional si ya en su cuna fue capaz de crear un documento codificado con tal eficacia que nadie ha sido capaz de leerlo. Aunque también podemos barajar la posibilidad de que como por entonces no tenía ni idea de lo que significaba codificar, se limitó, impulsado por su excelso genio, a llenar hoja tras hoja de dibujos y letras en un alarde de superdotado sin parangón…
  • Veamos: de Leonardo se dice que era inestable, de fácil desánimo y con dificultad para finalizar lo que había empezado… Aunque a la vista de su biografía está claro que sus diferentes obras se alargan durante un elevado lapso de tiempo, no tengo la sensación de que dichas características puedan aplicarse a un genio como él, por un motivo que me parece evidente: más bien creo que habría que pensar en una persona muy perfeccionista, que prefiere tardar más y hacerlo lo mejor posible, a hacerlo rápido y de cualquier manera; de hecho, si tan fácil le resultaba abandonar el proyecto en que estaba embarcado, ¿cómo es que consiguió el beneplácito y el aplauso de sus contemporáneos, tanto florentinos como milaneses o franceses? Curiosamente, sólo los romanos lo dejaron más de lado, y eso probablemente se debió a que en esa ciudad se concentraba una mayor proporción de grandes artistas con los que le tocaba bregar… ¿Fácil desánimo? No resulta excesivamente extraño, teniendo en cuenta que un espíritu libre como él se veía continuamente obligado a atarse a los caprichos de la por entonces todopoderosa Iglesia Católica, rebajándose a pintar cuadros en los que, posiblemente, lo más que podía hacer era dejar (supuestamente) pequeños guiños a sus heterodoxas ideas: véase el primer punto de las consideraciones. Quien quiera profundizar más en este polémico asunto, tiene documentación a mares para elegir…
  • Como ya se ha visto en la biografía, de toda su ingente obra ha quedado aproximadamente una tercera parte, en la que podemos comprobar el genio que desarrolló Leonardo; y curiosamente, la mayor parte de esta obra se encuentra archivada en el Vaticano. ¿Se trata tan sólo de una casualidad, o deberíamos ver, como si fuéramos unos conspiranoicos empedernidos, algo turbio detrás de ello? La idea básica que subyace detrás de esta exposición es que si con lo que tenemos podemos hablar de un hombre muy avanzado a su época, tal vez con conocimientos acerca de la religión que podrían resultar incómodos para la Curia, ¿qué podría haberse ocultado en esas dos terceras partes que han desaparecido? ¿Y si todo o parte de ese volumen de información estuviera escondido en los Archivos Vaticanos más profundos, a resguardo de cualquier investigador que pretenda indagar más allá de lo conveniente? No olvidemos que una situación similar la han vivido los considerados “libros malditos”, y que realmente existe una sección de la Biblioteca Vaticana a la que no tienen acceso más que unas pocas personas...

Bibliografía

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  • Leonardi Vincii vita, Paolo Giovo. 1540.
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  • The Life and Times of Leonardo, Liana Bortolon. 1967.
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  • Léonard de Vinci: art et science de l'univers, Alessandro Vezzosi. 1996.
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  • La Ciencia de Leonardo, Fritjof Capra. 2008.
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  • El Viaje Secreto de Leonardo da Vinci, José Luis Espejo. 2013.
  • Revista Enigmas, nºs 212, 217. 2013.

  • Le roman de Léonard de Vinci, Dimitri Merejkovski. 1930. (Basado en la obra de Freud)..
  • El Judas de Leonardo, Leo Perutz  1957.
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  • El Código Da Vinci, Dan Brown. 2003.
  • Lion ardent ou la confession de Léonard de Vinci, Christian Combaz. 2003.
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  • Leonardo y la máquina de la muerte, Robert J. Harris. 2005.
  • Los cisnes de Leonardo, Karen Essex. 2006.
  • El secreto de Mona Lisa, Jeanne Kalogridis. 2006.
  • Secreto de Mona Lisa, Dolores García. 2007.
  • El maestro envenenador: A la sombre de Leonardo da Vinci, Ángeles Goyanes Sánchez. 2009.
  • El artista, el filosofo y el guerrero, Paul Strathern  2010.
  • Caterina da Vinci: El secreto de Leonardo, Robin Maxwell. 2011.
  • La Gioconda vs. Lucrecia, Antonio Bustos Baena. 2012.
  • Gioconda, Lucille Turner. 2013.

Fuentes en Internet:

  • Wikipedia
  • Eluniversal.com
  • Biografiasyvidas.com

Filmografía

Documentales
  • Léonard de Vinci: L'homme qui voulait tout savoir et Liaisons dangereuses. 2003.
  • Leonardo's dream machines. 2005.
  • Léonard de Vinci: 2006.
  • Leonardo da Vinci, la Mirada del Genio, empresa audivisual El Ranchito. 2012.

  • La Vida de Leonardo Da Vinci, Renato Castellani (Philippe Leroy). 1971. Miniserie de 5 episodios.
  • El Código Da Vinci, Ron Howard (Tom Hanks, Ian McKellen, Jean Reno). 2006.
  • Leonardo da Vinci and the Soldiers of Forever. No dispongo de referencias acerca del director o los protagonistas, ni siquiera del año de estreno : parece ser que iba a ser en 2012, pero también se dan como fechas 2013 y 2015.




[1][1] Sfumato: traducido como esfumado, se trata de una técnica pictórica que se obtiene por aumentar varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando a la composición unos contornos imprecisos, así como un aspecto de antigüedad y lejanía. Se utilizaba en los cuadros del Renacimiento para dar una impresión de profundidad.